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viernes, 9 de junio de 2017


Una luz tenue envuelve los cuadros de Helmut Newton y las frases de Cortázar. También el teléfono de mi abuela Ramona y la lampara que, con muy buen gusto, me regalaron Dei y Manu.

Estoy sentada en el suelo con una camiseta de lino y en bragas al lado de mi balcón. Está abierto de par en par, y si me tumbo puedo ver Marte. También alguna vez he imaginado cuanto se quieren la parejita de la buhardilla de en frente, no es por cotilleo: es que una de mis pasiones es crear historias bonitas.

Mi padre comenzaría a suplicar un poco de cabeza:"Ay Blanca que a la niña la puede ver cualquiera, que se pueden encaprichar y hacerla algo, qué van a pensar".
Hace tiempo que no lo dice, creo que ha tomado la inteligente resolución de tomarme por imposible y dejarme ser. Incluso le hacen gracia mis alas. Ahora le gusta como vuelo, la revolución que lleva mi sangre y que ame todo tan a lo bestia.

El caso es que quería contar lo especial que es todo esto; supongo que es el regalo por vibrar en la frecuencia adecuada. 

Vivo en un barrio que rezuma arte, juventud de la de alma no de la de la fecha de nacimiento. Cada rincón te regala una tienda con esencia, con sus falditas vintage o pin up según el gusto. 
En mi barrio las terrazas viven completas todos los días, porque la vida se vive a diario y hay algún que otro Bukowski al que las cervezas no le han quitado las ganas de regalar poesía. 
La calle desengaño suda su significado y ellas ríen porque la vida si que fue puta con ellas pero en estos lares la esperanza es lo único que no se pierde. 
La calle Pez está llena de aquellos que decidieron que podían nadar a contracorriente y, mejor me reservo alguna que otra que me dispara mil recuerdos bonitos cada vez que la piso.

Ahora mientras escribo olvidándome de comer, mis pieles se desmontan al sonido de una guitarra y la voz de la chica que ha decidido cantar como las sirenas pero no para los marineros, para ella misma. Suena una melodía que me recuerda el sonido de Beirut y me asomo a mi balcón para gozar con ella mientras la escucho chillar de placer: muy Jim Morrison en unos de sus conciertos locos.

Lo mejor es lo que me ocurrió el miércoles, porque lo necesitaba, lo necesitaba mucho.
Mientras dormía mis latidos comenzaron a acelerarse porque algún genio decidió bailar Twist & Shout en mi bendita calle Barco. Justo debajo de mi ventana. Me desvele con el corazón escapando de mi pecho, una sonrisa gigante y mi pulso descompensado como fuegos artificiales. 
Después cerré los ojos y soñé algo precioso, estoy segura. 

A otro le jodería que alguien bailase esa maravilla una noche en la que al día siguiente tienes que ir a tu trabajo de mierda, como un zombie más. 

A mi sin embargo me recuerda que estoy viva, que hay señales que me dicen cosas, que siento demasiado y es maravilloso y que, cuando tomo decisiones de valientes la vida me recompensa. 

Come on Baby now

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