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domingo, 18 de diciembre de 2016



Ella que ya no sabe contar historias de otros y se amarra a la soledad con adición narcótica.
Sabe qué es mirar a unos ojos y quedarse colgada. Sabe qué es que la tocan como si fuera de otro planeta y parar por no hacer trizas un corazón.
Ella que odia y ama a partes iguales; que se entrega y rechaza en un juego de cobardía y placer: porque no es maldad lo jura, es que le divierte el juego.
Y así espera de nuevo mientras teme que le digan que no pueden separarse de su olor: que se ha quedado impregnado en sus muñecas, que huele a su esencia y es, incluso más adictivo que sus besos. Porque en el fondo, la chica que sólo quiere que la abracen a veces también anhela que la quieran de verdad, aunque sea solo unos segundos. Lo suficiente para que ella no pierda el equilibrio: ya ha sufrido demasiado vértigo toda su vida.

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