Follow by Email

jueves, 6 de octubre de 2016




A Dulce le gusta el café a primera hora de la mañana y los abrazos con sabor a sexo a última hora de la tarde. Vive de día entre libros y sueños; de noche entre desesperanzas y ginebra: porque ella tiene un estomago fuerte: como su corazón.

La curvatura ascendente de su sonrisa guarda con astucia más de un secreto y el relieve de sus dedos el dibujo de la espalda que le ha robado la fe. 
Con la precisión de un cartógrafo es capaz de averiguar la exactitud de las proporciones que guardan sus huellas dactilares. Inmortal al relieve de otros cuerpos; casi de manera infiel a sus propios deseos. Inmune a las atenciones y cariños de otras almas hambrientas de sus ganas; tantas y ella sólo quiere una. Proclive a satirizar la tortura de esos abrazos; esos que se convirtieron en polvo al ruido de su huida. 
Ese amor que encerró sus recuerdos y le enfermó de delirios al hilar de una juventud que ya le parece algo más que agonizante. Los halagos y sus deseos reconfortan, pero no cura memorias que parecen irrepetibles.

Así que en la oscuridad de sus propios secretos lame cada uno de sus dedos; como si de esta manera pudiera besar la espalda de su pecado mientras pule la silueta de su vientre dominando con sus huellas el mapa pecaminoso de aquel hombre, asimilando que el compás de sus orgasmos es originado por el alma de él mientras esparce sus ansias al ritmo de otra vida, de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario