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jueves, 27 de octubre de 2016


Valentina está hecha de sus lunares, de sus caricias, de los muchos adiós que se regalan para volver a verse después: como los idiotas que no saben vivir tan lejos. Que tampoco saben vivir tan cerca. 

Está hecha de los sueños que les regala, de las veces que le devora entre delirios mientras sus dedos juguetones se imaginan que está cerca y él no lo sabe porque se debaten entre silencios; porque dicen que es más sano, porque es lo que tiene que ser.
 
Está hecha Valentina de lo malo que le dijeron, de todo lo que le engañaron. 
Frágil y fuerte; luciérnaga parpadeando en  la delgada línea que baila entre no quererla lo suficiente, o quererla demasiado: tanto que no sepan abrazarla fuerte, por si la rompen, por si se rompen

Quizá un día la musa se canse de serlo, quizá un día solo la recuerden entre copas de ginebra o al calor de un hogar que aburre de tanta costumbre. Quizá un día sueñen con ella y con las ganas que tienen de amanecer a su lado, de hacerle el amor como si mañana no hubiese más mundo. 
Quizá un día Valentina se convierta en lo que tanto anhelaron: copas de nostalgia y pieles que no sudan su perfume, crónica de un siempre te echaré de menos.

jueves, 6 de octubre de 2016




A Dulce le gusta el café a primera hora de la mañana y los abrazos con sabor a sexo a última hora de la tarde. Vive de día entre libros y sueños; de noche entre desesperanzas y ginebra: porque ella tiene un estomago fuerte: como su corazón.

La curvatura ascendente de su sonrisa guarda con astucia más de un secreto y el relieve de sus dedos el dibujo de la espalda que le ha robado la fe. 
Con la precisión de un cartógrafo es capaz de averiguar la exactitud de las proporciones que guardan sus huellas dactilares. Inmortal al relieve de otros cuerpos; casi de manera infiel a sus propios deseos. Inmune a las atenciones y cariños de otras almas hambrientas de sus ganas; tantas y ella sólo quiere una. Proclive a satirizar la tortura de esos abrazos; esos que se convirtieron en polvo al ruido de su huida. 
Ese amor que encerró sus recuerdos y le enfermó de delirios al hilar de una juventud que ya le parece algo más que agonizante. Los halagos y sus deseos reconfortan, pero no cura memorias que parecen irrepetibles.

Así que en la oscuridad de sus propios secretos lame cada uno de sus dedos; como si de esta manera pudiera besar la espalda de su pecado mientras pule la silueta de su vientre dominando con sus huellas el mapa pecaminoso de aquel hombre, asimilando que el compás de sus orgasmos es originado por el alma de él mientras esparce sus ansias al ritmo de otra vida, de su vida.