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domingo, 25 de septiembre de 2016



Parece que hayan pasado meses desde aquella mañana en la que me temblaban las piernas de camino al aeropuerto, me temblaban las ganas y el miedo al que había decidido enfrentarme a pesar de muchas de mis taras. Por fin me lanzaba a uno de mis vacíos sin ningún tipo de salvavidas, la soledad sería mi más fiel aliado, el peor de mis enemigos y, sin embargo, me pudieron las ganas: ya he perdido demasiado por no haber sido más valiente.

África huele a especias, a mar, huele a nostalgia; la nostalgia de los recuerdos bonitos que no saben si existieron porque sus distancias rezuman demasiado sudor, sangre y hambre. África te revuelve las vísceras porque nunca la pobreza generó un contraste tan dispar y de tanta belleza, tan bonito como las sonrisas de sus gentes, tan doloroso como la suciedad de sus manos, de sus calles. La miseria que se baña de alegría por la necesidad de ser felices.

Cuando vives entre sus gentes; cuando conoces sus tristezas y te paseas entre el olor agonizante de la escasez, ellos te regalan toneladas de vida al sonreír como jamás he visto hacerlo a ningún Occidental, entonces me pregunto cuánto nos falta por aprender teniéndolo todo. Quizá sea ese el problema: tenemos tanto que perdemos la esencia y almas irreemplazables y entonces rodeados de opulencia nos preguntamos porque somos tan tristes.

Durante unas semanas no he disfrutado de lujos y creo que he vivido la experiencia más enriquecedora y rica de mi vida, he parloteado con niños y reído a su lado mientras me regalaban dulzura mirando al objetivo, he visto un partido de fútbol en una chabola, he recorrido la selva en tro tro y curioseado ropas usadas a una niña que se probaba trapitos con la ilusión de quien nunca tiene demasiada ropa nueva.

Ahora, rodeada de pulcritud, de artilugios no necesarios, de personas que viven deprisa echo de menos el aroma peculiar que te regala África cuando la acaricias por primera vez; y sabéis lo que me devuelve, me devuelve infinitamente más de lo que yo le he dado y no puedo dejar de sentirme egoísta por ello.

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