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martes, 23 de agosto de 2016


Nadie va a llamar a mi puerta; no van a gritarme que les abra porque yo no pido que lo hagan. Ni siquiera ahora que estoy derruida. Ya nunca lo hago. 

Es que no quiero que vengan y luego decidan que pueden romperme, que ya se han cansado. Porque no quiero caridad, quiero locura. 
Quizá por eso en momentos como hoy pediría que corriesen a la ultima planta de la calle que hace esquina con el desengaño, que me curasen las heridas y los recuerdos que he perdido; que me mirasen como si fuese arte hasta teniendo los ojos encharcados en lágrimas, así: como ahora. Porque lo necesito, porque estoy triste. 

La realidad es que no puedo llamar a nadie. No tengo forma de expresarme, de soltar las tristezas y sin embargo, mi inocencia todavía espera sentada en ese balcón; porque quizá un desconocido me vea llorando y decida que quiere darme un abrazo de los que dan dolor de huesos y matan las penas.

Quizá, quizá, quizá...

Y así se me pasa la vida mientras espero tanto sueño mal intencionado, tantas ganas de salvarme cuando me convierto en naufragio. Tantas ganas de nadie, de ti, de él.

Aún así querido tú, si crees que puedes salvarme te espero en el rincón al que cantan las sirenas. En el número que dicen que da mala suerte. Desde ahí verás mi tristeza y yo escucharé tu llamada; recuerda que aunque me den miedo los te quieros todavía guardo kilos de romanticismo. Supongo que hasta el próximo abrazo, por lo menos hasta el último



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