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martes, 29 de marzo de 2016







Vienes, me quiebras
Son vicios mis oportunidades
Me vuelvo marioneta entre mis cuerdas
Soga de mis propios impulsos.
Y soy alma
Y soy castigo de tanto variopinto disparate.
Y entonces de nuevo todo el peso sobre mis 53 vestigios
Sobre mis kilos que están hechos de cicatrices abiertas a dos manos.
Sobre el alma que nada sobre cristales rotos; impermeable a sus arañazos, pero sin serlo.
Sobre la ruptura de un cuerpo destinado a huracanes. 
A los hilos rotos que empapan la sangre que siempre sangra.
La vehemencia que me ahoga en mi propio veneno
Siempre desnuda ante mis pasiones.
Siempre tan libre y tan cárcel.
Siempre tan yo y tan ellos. 
Llevo sus marcas y todavía duelen. 
Los resquicios de vivir con pasión.
Los resquicios de no saber de vivir de otra manera.

jueves, 24 de marzo de 2016


Le recuerdo a diario, le lloro casi siempre. Echo mucho de menos el caminar de sus patitas peludas, que a menudo acompasaba con uno de sus saltitos danzarines.
Hoy recordaba como algunos imbéciles se atrevían a hablar sobre él y su carácter como si su posición de seres humanos les otorgará cierto caché. Lógicamente esta clase de "personas" hace mucho que dejaron de estar en mi vida; hay demasiados como ellos, esos que solo ven por encima; creo que porque ellos están muy por debajo y necesitan enardecer su inferioridad.  

Esas personas que aman lo fácil; yo estoy hecha de otra pasta. Llámenme egolótra, estoy aprendiendo a amar(me) sobre todas las cosas. 
Pues eso, que siempre amé lo difícil, lo corrupto, lo diferente: muy Bukowski al parecer. Quizás echando la vista atrás mi vida haya sido un puto hervidero de sensaciones ¿Creen que me arrepiento?  Joder, claro que no. Ahora, desde mi humilde perspectiva me siento orgullosa de todos y cada uno de mis pasos y de su aprendizaje; de amar la locura, de prenderme para siempre de ella. 
A él le amaba, y le amaré hasta el último día de mi vida. 

Amaba la forma en que evitaba mis lágrimas, convirtiendo mis lloros en carcajadas cuando decidía comerme a besos. Amaba su lado macarra, ese espíritu Miller que le convertía en el puto crack del barrio: y sí, también amaba sus ladridos. Amaba su mirada cuando me pedía el cachito final de mi pan con tomate y de todo lo demás; porque la sandía le volvía loco. Amaba que posará su cabecita sobre mis piernas y se quedará dormido. Amaba sus abrazos cuando llegaba a casa. Amaba su nerviosismo exacerbado, que no era otra cosa que su sentir demasiado, como me pasa a mi: pero hay que darse cuenta y comprenderlo, comprendernos.
Le amaré siempre; quizás los poco cuerdos somos así, nos entendemos entre nosotros y nos amamos para siempre. Pero no quiero cambiarme ni cambiarles, lejos la gente aburrida. Que se marchen con sus vidas opacas. Yo quiero Tobías que me hagan enloquecer y echar de menos. Quiero imperfección. Quiero raros que me quieran por mis taras, que por mis logros ya habrá demasiado interesado: ya saben, demasiada mierda disfrazada de brillo.