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lunes, 28 de diciembre de 2015


Un café en la lejanía para recobrar la esencia, unas manos que escapan buscando asilo de un subconsciente, que engaña a los sentidos de la racionalidad. Miradas que siguen exhalando deseo: espacio-tiempo nunca es inconveniente en las grandes historias.
Espera en el kilómetro 14800, un coche que rezuma vaho esperando enfriarse a la sintonia de otro tipo de incendios. Incendios que no saben de reglas confusas: dejarse llevar suena demasiado bien. 
Los minutos elevan la temperatura de caricias que nunca se convirtieron en nada, mientras el rock de los 70 les devuelve la sonrisa de la casualidad, que a veces es forzada para encontrarse. Camino al refugio, rozarse la piel mientras se devuelven miradas cómplices  en un número impar que no molesta. Altura de más, devorando una carretera que resulta infinita. Sobre todo cuando las ganas de encontrarse se acrecenta por instantes.

 Las llaves que resbalan mientras consiguen estar a salvo de juicios absurdos. El vino y mil confesiones: historias que esbozan sentimientos demasiado novelescos. 
Miradas que derriten glaciares, dedos que arañan pieles que estorban, besos que son infinitos. Delicias hechas en un deseo esperado, que permanece perpetuo y renace de sus cenizas con una mirada. Recuerdos que erizan las pieles más insensibles, gatear entre su cintura, descubrir de nuevo cada recodo, palpar sensaciones. 
Se follan el alma, eso es lo que les pasa. En cada nuevo descubrimiento un nuevo sabor. Adictos a exprimir sensaciones, sensibilidad no común en personas corrientes. La frialdad todavía es capaz de deshacerse, al menos a veces. Encuentros puntuales que regalan recuerdos eternos.