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martes, 17 de noviembre de 2015



Te perseguía con los ojos vendados, como perdida entre tantas noches de insomnio, como cadáver de un preludio a mi muerte, a nuestra muerte. Te perseguía entre los recuerdos y se la jugaba al azar para encontrarme contigo; porque siempre era así hasta que te tuve miedo. Tuve miedo cuando fui consciente de que era libre, al menos a manos de mi ignorancia, de la ignorancia de no verte. Aún así, sentía lo que siente un yonki en pleno instante del mono, sentí esa nostalgia del placer que mata, ese amor profundo que vivía en mi cuando me chutaba la dosis de tu veneno, esa maldita ralla de vida que me la daba y me la quitaba a partes iguales: como el zarandeo de un sonambulista al baile de sus delirios, como ausente pero loca. Excitada por el chute, embriaga por tu esencia. 
Lo necesitaba, pero había aprendido a vivir sin ti, pero joder! todavía lo necesitaba. El puto cristal de tu mirada que me colocaba y me enardecía, el tronar de tu sonrisa; caballo de mis instintos: lluvia de endorfinas multiplicada por mil. 
Por eso no quería encontrarte, por si acaso, la adicción era incurable al encontrarme contigo; por si se me encogía el estomago y quedaban capullos que hicieran renacer mariposas a tu encuentro, por si, por casualidad se salia el corazón o me daba cuenta, de que en realidad, eras tú quien enloquecías mis latidos, de que la droga que me mata es la misma que me da la vida, tan sencillo como eso.

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