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martes, 17 de noviembre de 2015



Te perseguía con los ojos vendados, como perdida entre tantas noches de insomnio, como cadáver de un preludio a mi muerte, a nuestra muerte. Te perseguía entre los recuerdos y se la jugaba al azar para encontrarme contigo; porque siempre era así hasta que te tuve miedo. Tuve miedo cuando fui consciente de que era libre, al menos a manos de mi ignorancia, de la ignorancia de no verte. Aún así, sentía lo que siente un yonki en pleno instante del mono, sentí esa nostalgia del placer que mata, ese amor profundo que vivía en mi cuando me chutaba la dosis de tu veneno, esa maldita ralla de vida que me la daba y me la quitaba a partes iguales: como el zarandeo de un sonambulista al baile de sus delirios, como ausente pero loca. Excitada por el chute, embriaga por tu esencia. 
Lo necesitaba, pero había aprendido a vivir sin ti, pero joder! todavía lo necesitaba. El puto cristal de tu mirada que me colocaba y me enardecía, el tronar de tu sonrisa; caballo de mis instintos: lluvia de endorfinas multiplicada por mil. 
Por eso no quería encontrarte, por si acaso, la adicción era incurable al encontrarme contigo; por si se me encogía el estomago y quedaban capullos que hicieran renacer mariposas a tu encuentro, por si, por casualidad se salia el corazón o me daba cuenta, de que en realidad, eras tú quien enloquecías mis latidos, de que la droga que me mata es la misma que me da la vida, tan sencillo como eso.

jueves, 12 de noviembre de 2015


Escribe notas sentada en aquella pastelería del barrio de Malasaña, no confía en artificios del azar, pero por primera vez le apetece probar; porque nunca se sabe.  
Da vueltas a la pluma: recopilando ideas mientras está atenta a cada uno de las personas que se sientan a su lado. Piensa en lo que echa de menos un abrazo, sobre todo ahora: en los días malos, en los años feos. Tiene tendencia a huir, como la dulce Valentina, a la que está dándole vida con tinta sobre el papel. La ilusión lleva su nombre; los espacios vacíos los rellena con el tiempo dedicado a la que será su primera historia bonita: si consigue emocionar a una persona sobre la tierra habrá merecido la pena.
En la mesa de en frente un chico con rasgos árabes, bastante simétricos, la mira con detalle; es guapo, y no para de observarla. Tiene un libro entre los dedos, pero ha dejado de prestarle atención. Ella se zarandea el pelo mientras cruza sus piernas un par de veces, haciéndolas danzar intencionadamente, luciendo transparencias con medias de topitos y los zapatos oxford que a él tanto le gustaban. Se pasea la pluma entre los labios; juguetona. Él la mira; sonríe. Ella le devuelve la sonrisa: tímida pero con picardía: como avecinando tormentas y lo mucho que le gustan, a pesar de todo.

"Valentina no me tientes... No me tientes." Pero es que Valentina y la que le está creando su historia no saben vivir de otra manera. Así se convence la que escribe, así lo ha hecho siempre, y así ha forjado todas las historias bonitas que conoce. Así, dejándose llevar, tentándose a menudo y follándose la vida. Porque el placer y el sufrimiento van de la misma mano, y siempre, casi siempre ha merecido la pena.