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viernes, 9 de octubre de 2015


Suena algo de los setenta mientras el azar les recuerda que el tiempo solo les concede treguas. Ellos solo sonríen. Sonríen porque saben bien que son dos almas destinadas a encontrarse. Encontrarse o  buscarse entre los recodos de la libertad que les premia con regalos como los de aquél día. Se huyen como lo hace el raciocinio, pero se buscan, se buscan como lo hacen los kamikazes que saben que un instante juntos compensa los trescientos polvos de otros. Les resulta curioso que se encuentren entre susurros, como si los años fueran un ayer, como si hubiesen mantenido una conexión sin mensajes. Como en aquellas historias donde todavía existía el romanticismo. 

Llueve, después de tanto tiempo. Culpan al azar, que ahora no les tortura: solo les recuerda que se sintieron héroes y que eso compensa las heridas, las heridas y los putos cañonazos que arrastran en los costados. Y deciden mojarse, porque esas almas se mojan ¿sabéis? Se mojan aunque vivan acojonadas, se mojan y sienten a grandes niveles. Son como estrellas, estrellas que brillan: que irradian toda la luz que tienen para entregarse, entregarse hasta morir. Morir para convertirse en eternas.

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