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lunes, 31 de agosto de 2015



París se mimetizo con nosotras, nos revolcó las almas, nos devolvió quimeras desterradas. Ellos, nos desnudaban con la mirada como no se consigue con las manos. Cada estación de metro se convertía en un delirio de sensualidad y nosotras decidimos formar parte. Dejar el halo de nuestro perfume en Lazaro y Ambesse para que no muera, como sus nombres, como el momento. 
La elegancia de gentleman, la caballerosidad que no pide nada a cambio, solo su voz. Esa voz que deambulaba por Turquía mientras nos limitaba del peso de camino a casa; para desaparecer después, porque no existía más pretensión que amenizar el camino.
París esconde mucho más que los edificios emblemáticos. París es bonita desde cualquier percepción. Esconde la esencia de Breton, Miller, La Maga, Cortazar, Ernst, Dalí. Esconde surrealismo, elegancia, belleza. 

Los tejados que siempre dan los buenos días de manera bonita. Esas cumbres roídas que aguardan el erotismo de los años que vivieron una liberación anticipada. 

Nos arriesgamos con el Jazz en París y terminamos intercalando idiomas con un barman y ese músico que nos concedía algunas notas de color entre tanto descuadre. 
Tropezamos con un baile de sonrisas en Pigalle, al ras del Moulin Rouge. Ella se desnudo, también por dentro, y se convirtió para siempre en nuestra negrita; nos desvelo sus deseos y compartimos secretos en aquél patio escondido del París de Trópico de Cáncer.

Visitamos a Jim Morrison en Pere Lachaise, a Cortazar en Montparnasse dejando que la emoción hiciera de las suyas. En realidad la ciudad hizo de las suyas de manera casi constante. 
Bailamos de madrugada en nuestra casa en Montmatre, cantamos a Sabina con la copa de vino danzando en el aire. Saltamos con "Girls and Boys" en el silencio de aquél edificio roído por los años, y bailamos. Bailamos rock 'n roll, hasta que terminamos riendo como locas sobre esa cama en un habitáculo de 40 metros cuadrados que no se hacía pequeño, porque no nos faltaba espacio.

Te echo de menos, la echo de menos. Me he abstraído de una realidad que es fea últimamente. He pisado por las mismas calles que caminaron los genios que idolatramos, he llorado de emoción de alegría y de tristeza. He sido feliz: sin lujos, sin excesos, sin verlo todo. Porque hemos vivido París. Ya lo resumió hace años un grande, no lo digo yo, lo dijo Hemingway: París es una fiesta.

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