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martes, 21 de julio de 2015



A Valentina le gusta mojarse cuando llueve, cuando suda, cuando folla.
Eleva la voz y no se aguanta, todo en ella está hecho de huracanes, hasta las palabras que salen de su pecho. Le entra la risa en los momentos incorrectos, es entonces cuando comienza a hincharse y necesita huir despavorida porque sino puede reventar ventanas a carcajadas. 

Valentina tiene una sonrisa preciosa  que es la mascara perfecta de su bonita tristeza.

Se pasea desnuda sin mirar las ventanas, ella cree que no hay derecho a que le roben libertad en su propia casa. Olvida que el mundo está hecho de pervertidos que encuentran divertido el balancear de sus pechos, los pervertidos no saben que ella encuentra excitante que como buena musa sólo se quedará en eso, solo se quedarán con eso.

Espera el chico que le recite de memoria las primeras líneas de esa nínfula de Nabokov. 


Valentinaluz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Va-len-ti -na: la punta de la lengua emprende un viaje de tres cuatro pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Va. Len. Ti. Na. 

Valentina es de Maxwell, de Tesla, de Einstein, de Pollock, de Cortázar, de Dalí, de Sabina, de Newton, de Miller, de Erwitt... También será tuya si consigues emocionarla.

Demasiado corazón para tanto capullo. Hay algo que ella no sabe; quizás nunca se entere: son más profundos los recuerdos que ella regala que las heridas que se lleva. El que ha llegado a su corazón, ese, aunque se marche, aunque abandone...  Ese no se cura nunca. 

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