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martes, 2 de junio de 2015



La soledad, esa amiga inanimada. Estado anímico necesario; que te ata a tus mil destrezas, te hunde en tu subconsciente y te regala una descripción de tu singularidad. Una condición impuesta a tanto gentío y tan pocas personas, tanta cantidad sin apetito, tanto te quiero sin quererte.
Desvelarse en mitad de la noche, esperando algo que llegas a determinar qué es: esa necesidad de la no soledad y a la vez, ese aferramiento a su no necesidad. 
Resultado quizás de haberte cortado las alas demasiadas veces; cortarlas para impulsar otras que volaron dejándote en tierra, puede que solo se te olvidará alzar el vuelo. Caminas a contracorriente y el Nietzsche que vive entre tus latidos está ligeramente enfadado con tu revolución no revolucionario con tu putrefacción de la esencia, con tu conformidad ante la costumbre. 
Tú, mi gran desconocido, prohíbido cederte mis segundos: tick, tack.
Él, mi debilidad despreciada.
Esos, mis sueños en estado de coma.
Ellos, mi vuelta a la paranoia de la realidad automatizada.


Aquél balcón del centro: químicos, revolucionarios, genialidad.
Esa historia de amor que me hace confiar de nuevo en las historias bonitas.
Ella, mi princesa. Aquélla que delira a mi lado con el  Bosón de Higgs , Oliveira, y lo espectacular que es esa Malena que tiene nombre de tango y que tanto le recuerda a nosotras (eso dice ella, y yo me la creo). Tengo ganas de desnudarla. 
Nuestros cuadros de Jim Morrison, Avedon o Helmut Newton.
"All Along the Watchtower" un jueves a las 21h, mientras bebemos vino.
En el resto de casas suena la tele. Nosotras puede que nos rindamos al jazz.
Escribir.
Bailar.
Su guitarra y ella convirtiendo sus dedos en pinceles que dibujan música.
Sí, todo esto compensa mis delirios. 

Dejar de estar para ser. Ser tú: por ti, por ti, por ti.

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