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lunes, 15 de junio de 2015


Abrir las alas, despegar el vuelo. Sonrisas salvajes, dedos ligeros que toquetean almas sinceras con la intranquilidad de una virgen. Relevancias ficticias. No quiero falsos egos venidos a más. Prefiero leer en Madrid, mientras escucho que el mundo se para en mi historia al borde de La Gran Vía. No quiero hombres esculpidos en yeso que creen que ser un Adonis les da el poder de controlarlo todo; no quiero falsa galantería que dura lo que dura ganarse un corazón. Después te devoran el órgano entregado, para no dejar nada. Son caníbales que saborean las lágrimas de su derrota, las saborean mientras sonríen y desaparecen dejando un ser bañado en tristeza. 

No quiero cobardía que ande por la vida con miedo a sentir demasiado y romperse, seres que viven en jaulas de cristal que engañan con tranquilidad la esencia de un latido. No quiero el egoísmo que aplaca el dulce baile de una aventura. 

No es una relación imperecedera, es una historia que no te deje vacía: con la terrible sensación de que todo a penas mereció la pena. 
Historias bonitas. 
Finales que no son finales porque siempre esperas.

Esa debería ser la vida. Amor por lo que uno hace: entrega y constante evolución de uno mismo lejos de la banalidad, lejos de Narciso. Un querer sano, que no se centre en el egoísmo de una sociedad que prefiere consumir segundos mirando pantallas de iPhone en lugar de los ojos de quien ama.

Ella me ha recordado lo que debería ser el amor. Que te quieran por los gestos diarios que te regalan la unicidad ante el mundo. Un cuchillo mal colocado que vencerá la acción de la gravedad cayendo torpemente al suelo, mancharse a menudo mientras disfrutas un helado de chocolate, los arranques revolucionarios y la capacidad de llorar con el dolor ajeno. Que te quieran no porque eres bonita, no porque eres inteligente. Que te quieran por tus nervios, tus inseguridades, tus cabreos momentáneos, tus abrazos caprichosos, el lunar feo que tienes en la mandíbula. Que te quieran bailando como si nadie te viese, borracha, sin limites, con ellos. Que te quieran feliz, que te amen triste. Que te quieran mientras te rebozas en el suelo con aquél animal que sí aprecia tu dulce locura. Que te quieran por todo aquello que te hace ser tú. Eso debería ser amor. 

Amor que te permita ser, con el que solo hagas más grande lo que ya en esencia conforma tu propia felicidad.

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