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sábado, 13 de diciembre de 2014


Intento resguardar mis recuerdos del frío. Puede que diciembre me este resultando demasiado largo, o puede que a millares de distancia la claridad este matando mi perspectiva. Ya no existe el infinito al pronunciar las iniciales, y las páginas de la historia solo devuelven el hedor de la realidad. Los abrazos también existen entre dos personas y un océano: existen en la emoción que se refleja en la voz cuando aún teniéndolo todo no la tienes a ella; pero tienes que querer escuchar la voz. Me baño en dulzura,  y sin embargo, se pone en duda la confianza cuando se desprende transparencia. Las malas palabras no se disculpan y el cariño solo existe a un lado; sin embargo prometo sonrisas regalando la empatia que tan pocas veces he recibido. Los te necesito mueren a manos de la soledad, o del orgullo, o de la no necesidad.  Y mis palabras se evaden en el aleteo de los pájaros que a veces pierden el sentido de la orientación, porque dejan de ser y no quieren escuchar.
Aquí huele a lluvia y a café quemado. El carbón de mis lapices irradia fuego mientras desahogo mi ignorancia en trazos sobre el papel. La delicadeza exhala ideas y frases; sueños y anhelos.
Mis rarezas están hechas de nostalgia, de una sensibilidad pocas veces apreciada y muchas veces discutida. Perder la pureza por creer que no la tienes.

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