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lunes, 27 de octubre de 2014


Me gustaba como se escondía en la fila once del cine, tras un tímido moqueo con el que delataba su sensibilidad, y como sonreía entonces, cuando la miraba, como intentando no descubrirse. Me gustaba como buscaba mis manos, como jugaba con ellas mientras dibujaba caricias con su dedo indice. 

Experta en buscar recovecos en los que esconderse; para intentar (casi siempre sin éxito) asustarme. Juro que adoraba ese candor de niña pequeña que tan bien había sabido conservar a pesar de los años, a pesar de las heridas que, seguramente eran más que las de muchas chicas venidas a maduras. Ella sabía ser la más fuerte cuando la ocasión lo requería, muchas no habrían sido capaces de tripular sus tormentas, y ella sin embargo rara vez amanecía sin una sonrisa. 

Maldito genio se gastaba mi flaca. Chillaba como nadie y delataba su inteligencia utilizando las palabras en el orden correcto para hacer daño sin querer hacerlo. Menudo par de idiotas, despertamos guerras que se habrían solucionado con abrazos a tiempo. 

Me gustaba la delicadeza con la que tocaba las cosas y la forma en la que me miraba. Como buscaba mis pies en las noches de frío y la forma con la que se ataba el pelo. La sensualidad con la que escribía a escondidas y lo sexy que me resultaba mientras leía esos libros que tanto me recomendaba mientras se le iluminaba la miraba y me decía que ella quería ser para mi como la protagonista de aquellas novelas. Nunca supo que siempre lo fue.

Echo de menos hasta sus delirios de paz con los que mi pequeña revolucionaria pretendía cambiar el mundo; como si pudiera acabar con todo aquello con chillar las injusticias y llorarlas como lo hacía, sufrirlas como las sufría, vivirlas como lo vivía. Siempre me enfadaba con ella por aquello. Hoy, sin embargo, valoro aquella característica como no supe apreciarlo entonces.  

Ella era diferente, tan distinta que con el tiempo se han acrecentado todas sus peculiaridades haciéndola casi inmortal a mi recuerdo y convirtiéndome en mártir de aquello que no supimos cuidar. Si supieras que aún conservo aquel libro y que te cuido desde el silencio, que todavía guardo tus fragmentos y que, aunque haya pasado el tiempo, sigo echándote de menos mi flaca.

jueves, 2 de octubre de 2014

Mi dulce anarquía...



Porque a veces se me olvida que retozarme entre mis guiones resulta mucho más entretenido. Se me olvida que tengo montañas de palabras amontonadas en cada uno de los rincones de mi subconsciente, y que últimamente, no le hago demasiado caso. Se me olvida que estoy hecha de cafeína, porque sino dejo de existir a eso de las 9:30h; justo cuando ese hombre, llamado jefe, se pasea entre gritos al ras de mi mesa. Ese momento en el que tengo que tener cuidado de que me vea atenta al ordenador, con la mirada fija: impenetrable, casi congelada, muy Orwell...

Parece que da igual que yo haya nacido para pedalear entre bares, o ciudades infinitas; fiel reflejo de la dulzura de Carroll. Da igual que mi personalidad exija un mínimo de libertad al día para saltar entre  utopías y crear. Porque siempre estoy inventando, siempre vuelo por encima de la racionalidad, y  claro, si no tecleo, si no escribo... ¡Muero! Y con ello todas y cada uno de mis quimeras . Aunque sea como ahora, para comenzar en nada y terminar aún peor. Pero es que esto es mi medicina: es mi salvavidas ante este mundo loco de reclusión de la vida, de ahogo de la creatividad a manos del consumo, de asfixia de lo único.

Mis letras, las letras. La música que hace tiempo que solo oigo y no escucho, las fotografías que últimamente solo veo y no observo y mis mundos.
Que siempre fui una maldita nube de cafeína y sentimiento (cafeína porque sino de tanto soñar me duermo). Un huracán que necesita descargar delirios a su manera, aunque sea entre tinta, música o posando entre girasoles, fiel a mi dulce anarquía.