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martes, 20 de mayo de 2014


No me sienta bien desayunar nostalgia; nostalgia de ti o puede que sea de mis sueños. Me suele pasar cuando preparo café caliente que no puede beberse deprisa, que requiere mimo y degustación lenta; café preparado con el amor a los pequeños detalles.

Me siento tan perdida que casi no escucho el eco de mis palabras. Tan perdida que a veces creo que lo mejor sería perderse de verdad, tan lejos: Praga, Paris o algún pueblecito de Irlanda quizás. Allí estarías a tantos kilómetros que tu risa dejaría de resonar en mi cabeza como la puta tortura que ha terminado resultando. Allí, tan lejos, jamás esperaría el blanco nuclear de un coche aparcado en la puerta; no esperaría ni siquiera la llamada de tu recuerdo porque tendría la escusa fabricada a golpe de distancia. Dejaría de esperar  nada de quien me lo quito todo. Allí caminaría descalza entre la hierva seca; no volvería a sanar los golpes para tropezar de nuevo con puntiagudos cristales, reabriendo la herida que parecía sanada. Allí la decepción no mataría mis pasos.

Has asesinado mis mariposas y ahora yacen muertas en mi vientre, dime como me quito tanto dolor. Dímelo tú, se ve que a ti no te duele; tú que pareces vacío por dentro.

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