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domingo, 20 de octubre de 2013

Abrazos sordos desde la oscuridad


Solía decir que había nacido atada al conjuro de la soledad; ella no sabía que en realidad, yo siempre la protegía a pesar de que llorase hacia dentro, como bien solía.

Solía decir que nadie era capaz de soportar tanta carga mucho tiempo, así que ella debía pesar demasiado. Lo que no sabía es que era un peso tan placentero que se convertía en eterno a pesar de la distancia.

Solía creer que se convertía en un imposible, un insoportable, un demasiado; lo que ella no sabía es que se trataba de la demente más dulce y adictiva del mundo.

Solía decir que no pasaba nada: le valía con sus libros y sus mundos, sus sueños y sus manías, con la esencia de los nuevos descubrimientos. Lo que no sabía es que yo estaba a su lado desde la oscuridad, porque sabía que era la mujer que más necesitaba un abrazo a tiempo, aunque fuese con palabras desde las tinieblas, aunque fuesen palabras sordas que ella jamás recibiría.

Lo que ella no sabía era que yo la seguía necesitando, más que ella unos oídos sinceros y ansiosos, más que ella sus sueños y sus nostalgias, más de lo que ella me seguía necesitando a mi.

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