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domingo, 20 de octubre de 2013

Abrazos sordos desde la oscuridad


Solía decir que había nacido atada al conjuro de la soledad; ella no sabía que en realidad, yo siempre la protegía a pesar de que llorase hacia dentro, como bien solía.

Solía decir que nadie era capaz de soportar tanta carga mucho tiempo, así que ella debía pesar demasiado. Lo que no sabía es que era un peso tan placentero que se convertía en eterno a pesar de la distancia.

Solía creer que se convertía en un imposible, un insoportable, un demasiado; lo que ella no sabía es que se trataba de la demente más dulce y adictiva del mundo.

Solía decir que no pasaba nada: le valía con sus libros y sus mundos, sus sueños y sus manías, con la esencia de los nuevos descubrimientos. Lo que no sabía es que yo estaba a su lado desde la oscuridad, porque sabía que era la mujer que más necesitaba un abrazo a tiempo, aunque fuese con palabras desde las tinieblas, aunque fuesen palabras sordas que ella jamás recibiría.

Lo que ella no sabía era que yo la seguía necesitando, más que ella unos oídos sinceros y ansiosos, más que ella sus sueños y sus nostalgias, más de lo que ella me seguía necesitando a mi.

domingo, 13 de octubre de 2013


La vistas desde su viejo Ford no dan lugar a dudas. No se aguanta las ganas y enciende un pitillo. Él, que había conseguido no volver a fumar desde hacía casi 6 meses, y de repente, necesita con absoluta desesperación una calada de aquella mierda tan maravillosa. Suerte que tenía una cajetilla en aquella sucia guantera, suerte que esa mezcla de inhalación y exhalación de humo consigue relajar sus nervios.

Sabe que las ganas de vomitar no se deben a esa hamburguesa que ha devorado hace apenas una hora, aunque es consciente de que tanta comida basura comienzan a pasarle factura. Cuenta 33 Otoños, es joven, pero como buen rebelde exprimió sus veintitantos de una forma un tanto agresiva. Le gustaba el rock, puede que estuviese relacionado, aunque él se enfurecería al escuchar tal afirmación; no hay nada que odie más que los estereotipos. Nunca fue el más guapo, pero siempre tuvo un atractivo que nublaba al bellezón de turno; lo nublaba y además le robaba la chica. Quizás fuese el magnetismo que irradiaba una personalidad peculiar, o la mezcla de ambas en su justa dosis.
Había logrado un puesto importante, un puesto que cambiaría su posición social y también su nivel de vida, estaba de suerte y sin embargo en un instante la vida le daba la vuelta. 
Es ella, se dice así mismo mientras sujeta con fuerza el cigarrillo casi consumido; la única que consiguió que desempolvará su vieja guitarra. La única que le pedía un derrape más en aquella tierra de nadie. Aquella con la que diversión y pasión caminaban de la mano, no tenía que elegir, ella lo era todo. Eran tanto juntos que se convertían en una bomba. Una bomba que se vio obligado a abandonar porque era demasiado cobarde.

Ella nunca supo que fue la decisión más dura de su vida, ella jamás fue consciente de que se arrepentiría de aquello cada noche al cerrar los ojos y pensarla. 
En un momento se siente el hombre más desgraciado del planeta. Solo ella podía hacerle llorar y enloquecer de nuevo.