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sábado, 14 de septiembre de 2013



Se miraba la punta de los zapatos, mientras el dulce tintineo de una lluvia prematura le avisaba de que debía volver a casa si no quería llegar empapada, pero le daba igual. Hoy no le apetecía en absoluto acatar más ordenes y se quedo de pie mientras la lluvia ganaba en intensidad. Seguía con la mirada fija en sus masculinos oxford y con los pensamientos revoloteando en mil experiencias y pensamientos de lo más variopintos, sorprendiéndose de nuevo a si misma no solo de su portentosa imaginación sino también de la capacidad de hacerse daño. No era su mejor día; había mil cosas que le quemaban por dentro y cuando todo se juntaba se volvía incapaz de controlar ese torrente de dolor que le hacia arder las entrañas, lo peor no era el dolor, lo peor era el miedo. Cuando renacía esa sensación, ella comenzaba a encogerse. Notaba como perdía centímetros a una velocidad cercana a la de la luz, y de repente era una mota de polvo en los 5 metros que antes pisaba con seguridad. En apenas un instante se había convertido en la mota más torpe e insegura en 35 kilómetros a la redonda, ¡qué digo! probablemente ahora era la mota más invisible de la humanidad. Odiaba cuando pasaba, pero se veía incapaz de controlarlo. En el fondo era consciente; ella podía ser la peor de sus propias enemigas.

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