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lunes, 24 de junio de 2013




Estaba al filo de la cama, profundamente dormida. El demonio que se había apoderado de ella unas horas antes; dominada por una pasión que había olvidado, quedaba aplacado por la dulzura de sus rasgos de ángel. La miraba absorto, casi abrumado. Medio hipnotizado por la incredulidad del acontecimiento. Después de tanto tiempo; tras noches de insomnio en cualquier bar repleto de hombres sin alma, consumido de ilusiones bañadas en whisky barato, la tenía por fín entre mis sabanas, sedada de puro placer. ¡Maldita sea el azar que ha jugado conmigo! Me ha despellejado vivo durante años para devolvérmela cuando pensaba que la había perdido para siempre. Y a pesar de mi angustia, de mi egoísmo, sé que no me la merezco. No me merezco la diosa que yace en mi cama, entre la humareda de un cigarro casi consumido.

Incapaz de apartar mi mirada de su cuerpo desnudo, del imán de sus labios ahora sellados por el sueño. Incapaz de olvidar a la única mujer que he sido capaz de amar a pesar del tiempo y la distancia. A la única mujer que he seguido follando en sueños, a pesar de que los años intentaran encerrarla en el olvido. Nunca una piel consiguió ser tan adictiva como la suya, y sin embargo, aquí me encuentro, cavilando la posibilidad de huir de nuevo.

Me llega el olor de su perfume y como poseído por la maldita atracción que crea en mi, paseo mis dedos desde su cuello hasta su vientre. Abre los ojos mirándome con la lascivia que le caracteriza. ¡No puedo soltarla, no puedo! Me rindo ante ella aunque sé que puedo ser su cáncer, pero soy suyo, jodidamente suyo. 

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