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martes, 5 de marzo de 2013


Para ella las historias de princesas jamás fueron el motor principal de su existencia; sin embargo, siempre fue enamoradiza, pasional e incluso algo obsesiva. Lloro cada nuevo amor como si con cada lágrima intentase recomponer un corazón roto.  Maldijo cada nueva historia, cubriendo de un halo frío su frágil sensibilidad, pero le aliviaba la idea de que los cuentos de hadas le resultaban algo cursis y anticuados. Le aliviaba estar segura de que, ese no formaba parte del saco de sueños que había construido desde que era una enana.

Sin embargo las dos últimas veces no fueron unos ligeros rasguños al corazón, las últimas veces este quedo aniquilado. Abandonado en cualquier rincón, haciéndole inmune a cualquier sentimiento romántico, tiñéndola de un gris oscuro. Tan oscuro que, cuando se sinceraba frente a un espejo, sin maquillajes ni excesos, solo ella era capaz de vislumbrar su pena tras tanta oscuridad. En el refugio de la soledad lloraba cada noche anhelando un sencillo "buenas noches" que no necesitaba, pero al que echaba de menos. Lloraba cada nuevo zarandeo a la esperanza, pero lloraba en silencio, porque ella era demasiado fuerte para el resto del mundo, porque el mundo no giraba en torno a ella y había muchos más problemas en los que centrarse.

Así maquillaba cada mañana su pena con varias capas de pintura, tan densa que cualquier observador hubiese captado rápidamente el mensaje oculto tras tanta desesperación. Salía a "hacer" que se comía el mundo, siempre arrastrando su saco de sueños como la más deleitosa de las condenas. Era consciente de que al final, ese pesado saco, era  su salvavidas en cada nuevo naufragio de lágrimas. 

Dejo de creer, y entonces, en el punto más oscuro de su transformación, justo cuando podría cubrir sus alas de un negro azabache, apareció él. Le lamió las heridas con suprema dulzura y busco con valentía su corazón. Dicen que lo encontró entre las zarzas más salvajes, sangrando lenta pero incesantemente. 
Se esforzó en hacer la mezcla perfecta con los colores primario, para conseguir día tras día, devolver el color natural a la mujer de gris y le regalo un nuevo saco para sus sueños; que el anterior, de tanto arrastrar, estaba roído. Además, se tomo las molestias de ponerle un carrito al macuto, para que el peso de tanta imaginación no pudiese jamás con tanta sensibilidad. 

Le dejó en un cofre precioso: la paleta de colores, unas ruedas de repuesto, una brújula y un saco nuevo; y le hizo prometer, que si alguna vez él no estaba, y volvía a sangrar hacia dentro, no olvidase abrir el cofre y embaucarse en la aventura de recomponer sus pedazos de la manera más heroica. Que las heridas no hicieses nada más que darle un color todavía más exótico y maduro a sus preciosas facciones, que con cada lágrima construyese un nuevo auto con ruedas más fuertes y veloces;  que se sintiese pirata con la brújula en sus manos, en busca de aquel corazón; tiñendo de gris a quien se hubiese atrevido a lanzar su tesoro entre las zarzas. 

Le hizo prometer que, en caso de un nuevo atentado a su corazón,  agarrase con más fuerza sus sueños; que en vez de abandonarse al dolor, y al aburrido color gris, decidiese vivir la genial aventura de recomponerse de nuevo y de hacerse más gigante con cada nueva experiencia, de hacerse invencible y VIVIR. Porque tu vida es tuya y de nadie más y quien de verdad te quiera, solo se esforzará en regalarte un precioso cofre, para que en caso de urgencia, jamás olvides seguir luchando por tus sueños.

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