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martes, 12 de febrero de 2013


Este huracán de sensaciones, que revolotean al ras de mi estomago, sin pedir permiso. Comienzo a necesitarte, a pensarte como una constante, a ser una yonki del efecto que provocas en mi. La marioneta de la maldita droga con la que me has seducido.

Soy tan cobarde como aquello que tanto amé, como aquello que tanto odie. Pánico a que la exponencial se torne decreciente. Miedo a que me roben de nuevo el alma, y encontrarme mendigando otra vez, suspiros de una ilusión. Miedo a perderme en la espiral del dolor por no tenerte para después, sufrir y alimentarme hasta el fin de mis días de unos recuerdos, que una vez curada la herida, me afirmen que ese tipo de llagas no sanan nunca, que esa patología impregna el alma para siempre.

Desechar mi autoestima, torturar mi moral. Miedo a caer en el agujero del olvido, el juguete roto de nuestra historia. Imaginarte en otro lugar en ese preciso momento, por si da la casualidad de que solo tú le hayas pedido un baile a mi recuerdo, y ambos suframos ese instante como un precioso tango del azar.

Terror a ser un zombi de aquella experiencia, de la que mutaré a una especia de sanguijuela del recuerdo, chupando con desesperación cada olor, fotografía o melodía que me haga viajar a ti.

Terror a todo ello, o lo que es peor, ser yo la causante de tanto dolor.

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