Follow by Email

viernes, 14 de diciembre de 2012


Me encantaba la sensación de llegar a Punta Umbría  El olor a playa que comenzaba a abrirse paso entre mis sensaciones más ansiadas del año. Aquel camino repleto de arboles y de escaso tráfico que me desvelaba que el regreso estaba cerca. El momento de aparcar y verlos a todos allí, esperando con esas ganas infinitas. Ese abrazo donde conseguían anular ligeramente mi joven respiración. Mi "tío" Francisco alzándome al cielo, en uno de esos movimientos bruscos que tanto me gustaban, ese cosquilleo que tantas carcajadas me provocaba. Ese pueblecito de casitas pequeñas y humildes, donde las puertas no se cerraban por si el vecino necesitaba pasar. Ese arte andaluz y el sabor a sardinas, a pescado fresco. El amor tan puro que unía a mi padre y a él. Si valoro la amistad es gracias a que ellos me enseñaron.

Las circunstancias de la vida provocaron que durante muchos años no se repitiese ese pequeño y deseoso viaje del año. Sin embargo siempre supe de las ansias de mi padre por volver con él, por disfrutar de esas tardes en las que ambos desaparecían para saciarse de la amistad que los unía. 

El año anterior al último, no pudo ir mi padre, no estaba en casa con nosotras. Mi madre decidió que iríamos las tres. Siempre guarde un estima especial por mi "tío",  supongo que admiraba esa alegría con la que vivía cada instante, al menos hasta donde yo podía ser consciente, al menos hasta donde nos dejaba ser consciente. Imagino que las malas caras, producto del dolor, las guardaba en sus contados encuentros con la soledad. Supongo que le aterraba que le viésemos mal.

¿Cómo no le iba a admirar? Admiraba su lucha y su buen humor a pesar de la enfermedad. Admiraba su arte, su gracia, sus ganas de no parar de hacer cosas. Admiraba sus ansias de vivir, ese espíritu contagioso que me enseño a sonreír ante las dificultades, ante el mundo. De él aprendí que es delito no sentir cada instante con esa supremacía inaudita. De él aprendí que un nuevo día enmascara las malas sensaciones de un día malo, que un nuevo despertar es un regalo que no debe despreciarse. De él aprendí a ser quien soy,  pero aquella tarde termino por ganarse una gran parte de mi corazón, que latera fuerte siempre que le recuerde. Yo estaba entre mis mundos, dibujando, escribiendo, imaginando mil historias. Entonces él se acerco a mi, alumbro mi timidez y se fijo en aquello que estaba haciendo. Después me dio uno de esos abrazos que solo sabía dar él y me dijo algo que recuerdo como si fuera ayer, a pesar de que solo era una niña. Así, en voz bajita para que no me sonrojase "Mi niña nunca dejes de hacer estas cosas que tanto te gustan, sé que puedes lograr tus sueños, sé que puedes llegar muy lejos, confío plenamente en ti. Tienes esa sensibilidad que te hará lograrlo."

Me dijo las palabras mágicas en un momento importante de mi vida. Curiosamente yo podía navegar en mis mundos, pero nadie se había fijado nunca de lo importante que eran para mi. Nadie se había percatado antes de cuanto necesitaba ese apoyo, solo él. Olvide durante años el verdadero significado de esas palabras, el miedo volvió a atraparme en las redes del fracaso, del pánico a no gustar, sin darme cuenta de que no podía gustarle a todo el mundo, y termine por hacer cosas que a la única que no le gustaban eran a mi, pero provocaba rápida admiración en el resto. 

Hoy tengo esas palabras mas clavadas que nunca, y te recuerdo aunque ya no estés. Te admiro más que antes porque he descubierto la peculiaridad de una personalidad admirable. Soy más consciente que nunca de que escasea esa capacidad de vivir y de apoyar a soñar.

Os echo de menos a todos y echo de menos esas noches en el chiringuito de aquella playa, con una guitarra de fondo y una sensación absoluta de felicidad.

Siempre vivirás en mis recuerdos. Lo conseguiré por ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario