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lunes, 6 de agosto de 2012


Acariciaban una timidez que les mantenía cohibidos, como dos niños inexpertos que no saben muy bien las reglas de un juego en el que no saben si aventurarse. Deciden tomas las riendas con maestría forzada y enseguida una química poderosa machaca la vergüenza hasta destruirla y tornarla inexistente. Se olvidan por completo de donde se encuentran, de si están o no solos, se para el tiempo para devorarse sin miedo. Se ahogan en una respiración acelerada producto de una pasión desenfrenada que ha suicidado cualquier rastrojo de racionalidad, solo quieren engullir sus ansias, acariciarse y comerse como dos locos. Existe complicidad y esta misma los envuelve en una nube de perfecta indiferencia hacia cualquier otra cosa que no sea la de seguir dando riendo suelta a esa concupiscencia desbocada. Él la rodeaba haciendo que se sintiese tremendamente protegida, consiguiendo así que se abandonase a esa demencia que provocaba movimientos felinos ante los que no podía controlarse, un baño de lujuria y dulzura que lo dejo deseosos de mas, esa tregua que alimentaba la tentación convirtiéndola insostenible.

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