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sábado, 5 de mayo de 2012





Volvíamos dados de la mano, compartiendo el desequilibrio de la falta de respuestas, disfrutando de la vida de Madrid a las cuatro de la mañana. Te miro mientras caminas y de vez en cuando se te empañan los ojos, aparentas estar bien tras una corteza de acero con la que has cubierto un corazón rasgado, arañado de desesperanza. Sigo con la misma imagen antes de dormir, pero ya me da igual, es por costumbre te digo. Me miras y me dices que te pasa lo mismo, y seguimos caminando sudando sentimientos a cada paso, sonriendo y llorando, volviéndonos locos. Pero viviendo como nos apetece cuando nos apetece. Me dices que le llamarías y por un momento pienso que yo también lo habría hecho, crees que hay respuestas románticas y te digo que no, que cuando uno ama no deja escapar aquello que quiere porque no puede vivir sin ello, ni ahora ni nunca. Me miras y me dices que no tiene porque. Por un momento te temo, te temo porque no quiero nublar mis sentidos de nuevos sueños e idealizaciones, no porque no existen. En mi caso no es así. Me dejas en el taxi y me cuidas como muchos hombres no lo han hecho jamás. Me arropas para que no pase frío y me dices que te avise cuando llegue a casa. No necesitamos a nadie cielo, al menos no ahora. Solo la libertad y disfrutar de una juventud que nos hace vibrar. Te quiero David, te quiero mucho.

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